Cosas que me pasan

Si Dalí nos viera

Hola, hoy os voy a hablar de surrealismo. De ahí el título. Porque en los últimos dos años y medio, e incluso diría tres si contamos los 9 meses de embarzo, he vivido situaciones un pelín surrealistas que ni yo misma pensaba que podría vivir. Y mira por dónde, me apetecía contaros dos cositas que me han pasado recientemente.

El Pollo Pepe
Resulta que hay un cuento que se llama «El pollo Pepe» que es famosísimo y yo debo ser la única madremía del mundo que no lo conoce (ahora es cuando tú asientes y no tienes ni idea de quién es el maldito pollo!). Que se lo cuentan en la guarde al bebemío. Pero yo ni idea. Que lo ponen en la agenda de la guarde. Pero yo ni idea. Que todos los niños lo leen. Pero yo ni idea.

Hasta que un día, en el parque, una madre de un amiguito del bebemío empieza a jugar con su hijo y le dice: «polloooo» y el niño contesta: «pepeeee» y así un rato.
Y al final, yo supersimpática y totalmente ignorante de lo que me esperaba, le digo, «pues mira qué gracioso esto que os habéis inventado» (nota mental, no volver a hacer comentarios de este tipo).
Y ella me responde que es del cuento el Pollo Pepe de la guarde.
Suerte que es un encanto de mujer.
Quiero morir.
Le pregunto al bebemío, «¿pollo?» y me contesta «¡Pepe!».
Premio a la madre del año.

Un año después, ya tenemos el puto cuento.

Tomás y Marco
Resulta que el bebemío habla un poco como su madre, por los codos. Y todo me lo cuenta (lo del pollo Pepe no, claro, es un tipo selectivo) y siempre me habla de los compis de clase. Que si fulanito por aquí, que si menganito por allá, que si Tomás no se qué, que si Tomás no se cuantos. Pos nada, le hace gracia el nombre de Tomás. Y llega Halloween y sí, lo disfrazo, de Thor, heredero de Asgar. Y llegamos a la guarde y nos encontramos con dos mancebitos, una niña vestida de Ewok y un niño vestido de Spiderman. Bingo, Spiderman es Tomás, según el bebemío siempre. Total, que ya sé qué cara tiene Tomás.

Y llega un día que el bebemío se va al parque con su padre y yo bajo más tarde. Y llego y cuál es mi sorpresa cuando veo a Tomás.
Y como soy tan simpatiquísima, lo llamo. Tomás! Tomaaaaaaas!
Y Tomás no se gira.
Y yo me extraño.
Y el padremío empieza a hacer gestos raros con la boca «cállate, me dice».
Y yo sigo Tomaaaaaaas, Tomaaaaaaas, porque soy una mamá simpática (nota mental, no volverlo a hacer).
Hasta que llega una señora y me dice de la manera más seca que he visto en años «Mi hijo no se llama Tomás» (lo pillo, le caigo mal).
Pam. Ostia en la frente.
Y el bebemío venga a llamarlo, Tomaaaaaaas.
Y yo en modo avestruz.
Y la señora, «se llama Marco».
Y yo «Marcos?»
Y ella «Marco».
Premio a la madre del año por segunda vez.

Así que el bebemío llama a un niño Tomás pero se llama de otra manera. Bravo, ¿eso quiere decir que tiene mucha imaginación? Volvemos a casa y le saco fotos de clase, y repasamos los nombres de los niños de clase (a ver, que no me los sé, pero según él me va diciendo) y llegamos a Marco y el tío Tomás, y erre que erre.
Le pregunto a la profe de la guarde por whatsapp y aún se está riendo la jodía.
Hay un Tomás en su clase, pero no es ese.
Por lo menos sé que no es el amigo invisible.
Ahora cada día repasamos los nombres de los niños de clase en sus fotos de los colgadores de abrigos.
Gracias vida por estos momentitos.

Unos meses después (a una semana de que sea acabe la guarde para siempre) he descubierto que en la clase del bebemío hay dos tomases. Chúpate esa. Porque me dieron la orla, y sí, hay dos. Y sí, el niño al que llamaban Tomás se llama Marco, evidentemente.

 

Tengo más surrealismos, pero quiero que os quedéis con ganas de más. 😀

Besos, la Madremía.

 

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